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No me gusta empezar a escribir con una frase tópica o prefabricada, pero no me queda más remedio que hacerlo. Porque parece que fue ayer cuando salía de viaje desde Barcelona. El 25 de septiembre de 2014 -nunca se me olvidará esta fecha- empecé esta, si se le puede llamar así, aventura. Cogí carrerilla, terminé como pude la maratón que supuso liquidar todo (casi todo) de mi anterior vida y pegué el salto al vacío más importante de mi vida. Y ahora hace ya de eso, cuatro meses.

El descubrimiento

Como sabes -en realidad no tienes porqué saberlo- uno de mis objetivos es no dar la vuelta al mundo. Tengo mucho tiempo disponible para viajar, pero nada de vueltas al mundo. Mi objetivo número uno es viajar con calma, sin prisas por visitar más o menos lugares. Los lugares van a estar siempre ahí, y no me los voy a acabar por mucho que corra saltando de uno a otro. No me gusta viajar simplemente para consumir lugares o países. Prefiero dejarlos reposar. Tarea, por otra parte, nada fácil. Estamos acostumbrados a nuestros viajes limitados en el tiempo, y por lógica concentrados en tiempo y visitas. Parece que hay que visitar muchos lugares en apenas unos días o estás perdiendo el tiempo. Pero no es así.

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Fue -por fin- en las Islas Togean (Sulawesi – Indonesia) donde aprendí a disfrutar y a enriquecerme del hecho de estar solo y sin prisas. Le gané la partida a los remordimientos de no estar visitando lugares o haciendo cosas continuamente, los remordimientos de dejar pasar el tiempo sin moverme de un lugar a otro. El ritmo de las Islas Togean es ideal para aprender a hacerlo. Un baño antes de que el sol en pleno ecuador caiga asesino sobre tu cabeza, comer, leer, hamaca, observar, leer, comer, una conversación con la familia que lleva los bungalows y de vuelta a la hamaca… Así durante 15 días. Fue este quizá el mejor descubriendo de estos primeros cuatro meses de viaje. He aprendido a contemplar y a no tener que estar visitando o haciendo algo para sentirme bien, para sentir que viajo y conozco lugares.

De vuelta a la civilización

En una isla más o menos incomunicado es quizá más fácil entrar en este ritmo de viaje. De vuelta a la ciudad, sentí de nuevo la necesidad de planificar, de tener unos objetivos y metas que cumplir para tachar lugares de la lista de lugares imprescindibles. Fue entonces cuando el monzón me facilitó las cosas. Atrapado -por decirlo de alguna forma- por las lluvias en Yogyakarta (isla de Java, Indonesia) tuve que reformular mi estrategia. Recordé mi experiencia en las Islas Togean y me fue sencillo volver a adaptarme al ritmo tranquilo, al de vivir en aquel lugar más que visitarlo.

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Y desde entonces, me muevo, pero poco. Tres meses recorriendo Indonesia, Kuala Lumpur (Malasia) durante las fiestas de Navidad, Melaka más tarde y ahora en Singapur. Puedo decir que aparte de los indudables atractivos de estas ciudades y alrededores, he vivido con ellos. He conseguido ser una especie de vecino más en cada uno de estos sitios.

Mucha gente me pregunta sorprendido (sobretodo locales) que qué hago en Singapur cuatro semanas… Turismo, les digo. Turismo, pero con mucha calma. Lo más importante es llegar a lograr esa sensación de estar viviendo en el lugar. Observar, contemplar el sitio en el que te encuentras. Aprender de lo que tienes a tu alrededor e incorporarlo como si de tu vida estable se tratara. Ser consciente de cada momento.

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Ansiedad

Esta forma de viajar no está exenta de peligros emocionales. Siempre hay un día (o dos) en el que tu cabeza requiere movimiento, que aproveches el tiempo, que no lo malgastes, que te estás dedicando sólo a pasear y a observar. ¿Y eso es poco? Pero esos días van y vienen y a veces exigen tratamiento. Es entonces cuando planifico una excursión más en plan turista. Una ruta en bicicleta por los parques de Singapur es mano de santo. Descubrir un nuevo lugar para lanzar una fotografía del más que retratado Marina Bay al atardecer, tranquiliza el espíritu y calma las necesidad de tener que hacer  cosas. Qué le voy a hacer… todo esto también es parte de mí y como tal, lo acepto.

Los próximos meses

Singapur está siendo una parada más cara de lo previsto. Los precios aquí no son los de Indonesia ni Malasia. El presupuesto que había logrado equilibrar en estos países (alrededor de los 700 euros mensuales) se ha duplicado en Singapur. Pero me apetece y aquí estoy. He recorrido mil veces las calles de Chinatown, he pasado y paseado por Marina Bay otras tantas. Me muevo por el inmaculado metro de Singapur como por mi casa (la que tenía antes, digo) y empiezo a conocer esta ciudad mejor que muchos de los que aquí viven desde hace años.

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La época de lluvias está terminando (o ha terminado ya en algunos países del sudeste asiático) así que va a tocar planificar la siguiente etapa. Y me da un cierto miedo. Volver a romper mi área de confort siempre me da miedo. Será Vietnam o Laos o Camboya. O quizá los tres, pero con la calma. Planto base en Kuala Lumpur por así decirlo y desde allí haré rutas de algunos meses. O eso es lo que creo ahora.

Seguramente cambie mis planes más adelante sin que eso me suponga, el más mínimo trauma…

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12 comentarios

  1. 29 enero, 2015 a 7:47 — Responder

    Toda una experiencia. Un abrazo JD

  2. Nuria
    29 enero, 2015 a 10:15 — Responder

    Me alegro que estés disfrutando del viaje y consiguiendo vivir tu sueño. Un abrazo!

  3. María Antonieta
    29 enero, 2015 a 11:49 — Responder

    Super interesante…
    Viajar con el concepto de conocer lugares, su gente y su cultura ; vivir como ellos.
    Respirar el aroma de cada lugar, sin afugías. Cojer la maleta para seguir adelante, llevandose en su alma pedacito de su cielo.
    Felicitaciones.

  4. 29 enero, 2015 a 16:12 — Responder

    Lo importante es que tu estés haciendo lo que en cada momento te apetece porque eres libres ;)

    ¡Saludos!

  5. 30 enero, 2015 a 12:00 — Responder

    Sigue disfrutando de esta experiencia y no dejes de compartirla con nosotros! mucha suerte en el viaje que nunca está demás. Abrazo

  6. 1 febrero, 2015 a 20:30 — Responder

    Sigue disfrutando. Grandes reflexiones.

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