Barcas de pesca de Batuputih.

Barcas de pesca de Batuputih.

Llego a Batuputih como punto de entrada al Parque Nacional Tangkoko-Batuangus. El principal atractivo de este parque es el avistamiento de los monos más diminutos que existen, los tarsiers. Pero no es momento de hablar de bichos, sino de gente hospitalaria y su pueblo, Batuputih.

Al contrario de lo que su nombre pueda indicar, Batuputih no tiene nada de blanco (Batuputih en indonesio significa piedra blanca).  Está situado en el extremo noreste de la isla de Sulawesi, frente a los montes Tangkoko y Dua sudara (dos hermanos). Se caracteriza por el intenso verde de la jungla que le rodea y sobre todo, frente al Mar de Celebes, por su inmensa y negra playa de arena volcánica.

El alojamiento del lugar, está única y exclusivamente concentrado en algunas casas de huéspedes frente a la entrada del Parque Nacional, como si no hubiera nada más allá. Así que el pueblo poco o nada se beneficia del tráfico de turistas. Amenaza lluvia y no es plan de pagar la entrada al parque -cara de narices- para acabar empapado y no poder ver nada. Es el momento perfecto para escaparme a lo que parecía escondido de la mirada de los que allí aterrizan: el pueblo y su gente.

Jugando en la calle entre aguacero y aguacero.

Jugando en la calle entre aguacero y aguacero.

Una de las más de doce iglesias que hay en la calle principal. Son sus centros sociales además de religiosos.

Una de las más de doce iglesias que hay en la calle principal. Son sus centros sociales además de religiosos.

Playa de Batuputih.

Playa de Batuputih.

Batuputih como pueblo no es bonito, o quizá sí, porque su entorno es un maravilla. Pero es agradable, amplio, de casas desperdigadas a lado y lado de un par de largas calles principales donde su gente pasa la vida bastante ajena al escaso trasiego de visitantes que atrae el parque. En la playa, enorme y solitaria, compruebo lo confortable de caminar por la arena volcánica. Es suave y esponjosa. Me gusta la sensación.

Estalla la tormenta del siglo, se veía venir. La lluvia torrencial típica del monzón me pilla en mitad de la playa. Y entonces empieza todo. Unos niños reclaman mi atención para que me resguarde en su casa. Están emocionados y quieren practicar su inglés conmigo. La lluvia es una excusa perfecta para preguntar, hacernos fotos, cantarme una canción en chino, traducírmela luego al indonesio y echarnos unas risas. No he entendido nada. La más pequeña juega con el agua que cae del tejado. Es una ducha fantástica y refrescante que los mayores no nos atrevemos a tomar, aunque estemos ya empapados. Me falta su espontaneidad.

Bajo la lluvia.

Bajo la lluvia.

Un fan del Barça, como muchos de los niños del pueblo.

Un fan del Barça, como muchos de los niños del pueblo.

La lluvia para unos minutos y prosigo mi camino cruzándome con el resto de niños del pueblo. Soy su motivo de felicidad instantánea, espontánea y me la van contagiando sin darme cuenta. En apenas unos cientos de metros puedes llegar a escuchar las palabras Hello mister! decenas de veces. Una por casa como mínimo. Palabras siempre acompañadas de una enorme sonrisa llena de hospitalidad e ilusión por ver a un bule (blanco extranjero) caminando por las calles de su pequeño pueblo. Es de recibo pues, responder con otro sonriente heeelloooou! Los adultos de la casa también se apuntan al festival de saludos tras ver el éxito de los pequeños. Si te detienes, estás perdido y no llegarás a ningún sitio.

El artilugio en cuestión se usa para explotar petardos. El tubo amplifica la explosión y parece taladrarte los tímpanos si lo dirigen hacia tí. Angelitos...

El artilugio en cuestión se usa para explotar petardos. El tubo amplifica la explosión y parece taladrarte los tímpanos si lo dirigen hacia tí. Angelitos…

He recorrido apenas la mitad de la calle principal y me siento de nuevo -no es la primera vez- Mr. Marshall a las puertas de Villar del Río. Pero en esta ocasión no paso de largo y me quedo en el pueblo. Tanto que aprovechando que vuelve a llover -tromba de agua vertical en toda regla- me cuelo en los preparativos de lo que parece una gran celebración. Una veintena de personas preparan la comida en grandes ollas, cuecen en el horno panes dulces (roti manis) y ríen, sobretodo ríen. La lluvia lo llena todo. El humo acaba de rematar la faena. Esta gente son verdaderos ingenieros de los toldos, la lluvia y las fiestas. No se detienen por grande que sea el aguacero. La fiesta es lo primero. Y allí estoy yo, observando atónito el tinglado.

Preparando la comida para la fiesta de cumpleaños.

Preparando la comida para la fiesta de cumpleaños.

La visita de un extranjero es también excusa para hacer el tonto y echarse unas risas.

La visita de un extranjero es también excusa para hacer el tonto y echarse unas risas.

Obviamente me invitan a probar el pan dulce con té -aun más dulce- y a quedarme a comer, pero me parece un abuso y me conformo con tres grandes trozos de pan y el té empalagoso, que entra de maravilla tras recibir mi tercer chaparrón del día. La fiesta responde a un cumpleaños. Si montan todo esto cuando la niña cumple dos años, ¿qué harán en el pueblo cuando celebren su boda?

Visto lo visto, me quedo en Batuputih más días de los previstos. El pueblo da para varios paseos aunque sean siempre por la misma calle.

El pasado cercano de este pueblo está ligado a la pesca. La vieja fábrica de procesado y enlatado de pescado sigue en pie, pero ya no funciona. Las capturas bajaron por sobreexplotación y dejó de ser rentable. Ahora sólo sirve de triste testimonio de unos años en los que todo el pueblo se dedicaba plenamente a esta actividad. Más de un centenar de barcas reposan melancólicas sobre la arena negra de la playa y la fábrica sólo sirve de almacén de trastos o cobijo para algunos que allí han instalado su vivienda.

La actividad actual del pueblo se centra en el cultivo del cocotero. La pesca es secundaria y sólo para consumo propio. Las barcas son más una herramienta de recreo que de trabajo.

Los grandes barcos de pesca están hoy abandonados en la playa.

Los grandes barcos de pesca están hoy abandonados en la playa.

Echando el anzuelo desde el antiguo muelle de carga de la fábrica.

Echando el anzuelo desde el antiguo muelle de carga de la fábrica.

El gallo, poniéndose fino a base de bolitas de porexpán.

El gallo, poniéndose fino a base de bolitas de porexpán.

Entre paseos, respiro en el aire una cierta desorientación de los jóvenes, como de incertidumbre laboral. Aunque igual son imaginaciones mías, me pregunto cuánto tardarán muchos de ellos, en marchar a la cercana ciudad de Bitung. Mientras tanto, pasan las tardes frente a enormes paredes de altavoces que sobrepasan en mucho los decibelios y dimensiones razonables. En algo tienen que volcar la frustración de vivir en un tranquilo pueblo rodeado de jungla con no muchas otras cosas que hacer. Pero es la historia de todos los pueblos, incluso los de España. No es nada nuevo.

Jóvenes pasando la tarde, frente al muro de decibelios.

Jóvenes pasando la tarde, frente al muro de decibelios.

Dejo Batuputih con una amable sensación. He conocido a gente sencilla y feliz que me han hecho sentir sencillo y feliz. He sido un Mr. Marshall venido a menos que ha cambiado sus planes para entrometerme unos días en las vidas de estas gentes. Les he dejado bien poca cosa -apenas unas conversaciones, sonrisas y saludos- pero me llevo la ilusión en sus caras por ver pasear entre sus casas a un bule que intenta escapar -sin éxito- de los aguaceros típicos de la época de lluvias.

En la carretera de nuevo.

En la carretera de nuevo.

 

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