Tomó y su vecino preparados para la acción.

Tomó y su vecino preparados para la acción.

Si hubo un día que abrió todos los poros de mi piel, durante el viaje transmongoliano, fue el día en el que tuve la suerte de ver cómo trabajan los mongoles con los caballos. Habitualmente, los nómadas  usan a los caballos para la cría y la producción de leche. Con ella se elabora la bebida mongola a base de leche de yegua fermentada.

No saqué en claro si también consumen (o venden) la carne de caballo, pero lo que sí está claro es que los caballos son sólo responsabilidad de los hombres aunque no ordeñan a las yeguas y son las mujeres quienes lo hacen. Ellas también se encargan de cabras, vacas y obejas.

Los caballos campan libres durante el día, lejos de los gers y sus corrales.

Los caballos campan libres durante el día, lejos de los gers y sus corrales.

Aquella tarde, Tomó (el padre de la familia que me hospedaba) me llamó para que le siguiera. Habían llegado unos vecinos de un ger vecino. Quería que viera cómo trabajaban con los caballos.

Recogiendo la manada de la llanura.

Recogiendo la manada de la llanura.

Los caballos  suelen pasar el día pastando en las llanuras de la estepa y vuelven al corral para pasar la noche. Para traerlos, un sólo jinete es suficiente para indicarles lo que quiere y reunirlos. En aquella ocasión, quien se encargó de traer la manada, fue uno de los pequeños.

La criatura no tendría más de 4 ó 5 años y cabalgaba sin silla de montar de una forma impresionante, y no era un potro precisamente. Y es que desde pequeños, los niños mongoles participan de los cuidados y tareas familiares como los adultos. Por suerte no sufren de la sobre protección que aquí les damos.

Otro de los pequeñajos en su caballo.

Otro de los pequeñajos en su caballo.

Haciéndole dar vueltas alrededor del corral para que el caballo dejara de sudar.

Haciéndole dar vueltas alrededor del corral para que el caballo dejara de sudar.

Es impactante ver cómo los niños (que no las niñas)  manejan los caballos dentro y fuera del corral. Me era inevitable pensar cómo aquí nos empeñamos en plastificar las infancias de nuestros hijos. Todo limpio, todo seguro, todo aséptico y sin peligro. Parques infantiles con los suelos acolchados para las caídas…

Como lo más normal del mundo, Tomó dejó dentro del corral a la pequeña de la familia. Los caballos, presa del pánico ante semejante amenaza invasora de su espacio, se apiñan en el rincón más alejado. La escena le pondría los pelos de punta a más de un padre o madre del mundo europeo. Al ver aquellos niños, te das cuenta de que están llenos de vida y energía. Son duros y espabilados a golpe de convivir con el entorno.

La niña tiene dos años y asustaba los animales.

La niña tiene dos años y asustaba los animales.

Tomó con sus hijos.

Tomó con sus hijos.

Curando la pata del potro con grasa de motor de moto.

Curando la pata del potro con grasa de motor de moto.

La forma de tumbar al potro e inmovilizarlo se me antoja muy dura, y es que yo también tengo esa mirada ñoña con los caballos, fruto de una infancia alejada de la vida real y salvaje de los animales.

A veces se escapa más de uno aprovechando cualquier despiste.

A veces se escapa más de uno aprovechando cualquier despiste.

No sé si por entretenimiento o como ejercicio para que los caballos se acostumbren al dominio del hombre, los van soltando uno a uno. El caballo al ver la portezuela abierta, echa a correr hacia la estepa, pero en la salida se le espera para echarle el lazo (o intentarlo) y cazarlo e intentar retenerlo.

Echarles el lazo y frenarlos es la parte más difícil.

Echarles el lazo y frenarlos es la parte más difícil.

Pese a su habilidad con el lazo, consiguieron retener a muy pocos de los caballos. Su fuerza supera en mucho a la del hombre y el lazo de cuerda puede llegar a romperse del estirón. Es una espectáculo ver la lucha entre el hombre y el caballo en tal desigualdad de fuerza.

No son pocas las veces que el hombre acaba por los suelos o arrastrado por los caballos, pero cuando lo consigue, el éxito se celebra con el reconocimiento. Es un momento en el que se mezcla la admiración por el logro, la demostración de hombría y el orgullo de ser un miembro importante en la comunidad.

Esos ojitos lindos...

Esos ojitos lindos…

Al anochecer, de vuelta al ger para compartir unos tragos de airak (la bebida a base de leche de yegua fermentada) y disfrutar de un rato en compañía sin muchas palabras más, que las miradas y los gestos que suplen la falta de conocimiento de nuestras respectivas lenguas. Ha sido un dia intenso y toca descansar.

Al anochecer, hora de cenar y de dormir.

Al anochecer, hora de cenar y de dormir.

Estas son todas las fotos de la galería en Flickr

Extraño modelo de tres ruedas y motor entre las ruedas delanteras.
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10 comentarios

  1. 18 marzo, 2013 a 10:34 — Responder

    Una experiencia con mayúsculas, qué gozada!

  2. 18 marzo, 2013 a 11:43 — Responder

    ¡Qué vivencia más auténtica! Me ha gustado mucho tu forma de relatarla y las fotografás son geniales. La de la niñita de dos años asustando a los caballos es para enmarcarla. Un saludo!

    • 20 marzo, 2013 a 9:35 — Responder

      Alicia, tengo pendiente publicar algún vídeo para que veáis en movimiento la emoción del trote de los caballos y cómo se manejan con ellos. No es ni de lejos como estar allí, frente a aquellos animales semisalvajes. Me encantó la experiencia, sin duda. Un saludo.

  3. 25 marzo, 2013 a 12:23 — Responder

    Fantástica experiencia, y geniales las imagenes, tienen una fuerza impresionante. Que lejos estamos del contacto con la naturaleza, cada vez más, y la sociedad no va a mejor…
    Saludos!

  4. 25 marzo, 2013 a 23:02 — Responder

    Te seguí de cerca cuando hiciste el Transmongoliano y me quedé encantado con Mongolia, ahora sigues tentándome con caballos y niños simpatiquísimos, te aseguro que te haré responsable de mi viaje a tierras mongoles ;)

  5. Juan Eduardo
    1 junio, 2013 a 4:20 — Responder

    Excelente viajee, Inspiras aventuras. FELICITACIONES!!!

  6. […] que viví en mi ruta tranasmongoliana, fue una tarde cualquiera durante mi estancia con una de las familias nómadas de la zona. Cuando estás allí, en medio de la inmensidad de la estepa, sin posibilidad de poderte […]

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