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Las Islas Togean suelen quedarse fuera del circuito turístico de los que aterrizan por la Isla de Sulawesi (Indonesia). Situadas en mitad del Golfo de Tomini, justo por debajo de la línea del Ecuador, quedan un tanto alejadas de las rutas principales. Llegar hasta las Islas Togean no es sencillo ni rápido. Precisa de un poco de paciencia y tiempo. Pero como dicen -y confirmo- si cuesta llegar, cuesta más dejarlas y volver a la civilización. Llego a ellas para apenas cinco días y acabo pasando quince jornadas de dulce relax y contemplación…

Por fin estoy en Kawai después de pasar toda la noche en el ferry. Ha sido mi primera vez en un barco de este tipo y he preferido ir en cabina. La he compartido con una pareja de austriacos por lo que no nos ha salido muy caro. Pero no he pegado ojo en condiciones. Duermo en una colchoneta de 50 cms en el suelo, porque el camarote sólo tiene dos camas y uno es a veces absurdamente caballero. Todos los ruidos  y movimientos me despiertan. Comprobar cada media hora que el barco sigue flotando acaba con cualquier intento de descanso. Pero ya estoy en tierra, y todo ha ido bien.

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Mi primer destino en las Islas Togean (aun no soy consciente de que hay muchos otros más) es Kadidiri. Es la isla más cercana al puerto de Kawai y dicen que una de las mejores (doy fé). Elijo el alojamiento más sencillo de los tres establecimientos de la playa, porque no necesito más. Tampoco hay mucho más. Le echo el ojo a lo que sería mi mejor amiga durante los próximos días: la hamaca en el porche del bungalow, frente a la playa.

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Me dan de comer, me relajo y me vuelvo a relajar hasta el punto en que mi cuerpo encuentra la excusa perfecta para enfermar. Estoy echando mi primera siesta en la hamaca del bungalow. La brisa marina no deja de hacer que ese momento sea perfecto, a pesar de que sospecho que la fiebre está subiendo. Sólo me apetece dormir y seguir en la hamaca. Estoy pagando el estrés de la noche en el ferry y el cansancio de las últimas semanas por Sulawesi. No queda otra que aguantarse.

Al segundo día ya me encuentro mejor y puedo volver a plantearme salir al sol, darme un baño o perseguir pececillos en las claras aguas que hay entre los corales. Pero todo ello antes de las 10 de la mañana, porque el sol ecuatorial te parte en dos a partir de esa hora. Tampoco hay mucho más que hacer, y eso empieza a gustarme. La porción de isla por la que te puedes mover es relativamente pequeña porque el resto es jungla densa y no soy yo de meterme solo en ciertos lugares.

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Durante los siguientes días entro en una agradable espiral relajación, contemplación y suspiros. Nunca antes había sido capaz de hacer algo así durante tantos días, ni suspirar de gusto tantas veces al día. La familia que lleva el establecimiento también lleva un ritmo parecido. Con tan sólo un par de puntos en la playa donde recibir un poco de señal telefónica olvídate de conexión a internet ni nada por el estilo que te distraiga de contemplar el mar, las palmeras o el ir y venir de las olas.

Kadidiri es perfecta para coger ese libro que tenías pendiente y dar cuenta de él. O elegir (como hice yo) uno de la librería del resort sobre el carácter de los perros andinos. Era el único en español. Leas lo que leas,  siempre que sea desde tu hamaca, al ritmo de la suave brisa mientras pasan las horas y no dejas de suspirar por lo agusto que te sientes.

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He tenido suerte de coincidir con una buena fauna de viajeros. Es lo que tiene estar muchos días en el mismo sitio, que ves pasar la gente. Una pareja de Praga la mar de divertidos, la señora taiwanesa que también practica el bello arte de hacer snorkeling en la orilla de la playa, el chicarrón de Malta con quien casi compartimos una bonita excursión a la laguna de las medusas… Y todos, todos suspirando de puro gusto por estar allí.

Tras más de ocho días entre hidílica autocomplacencia, me decido a cambiar de isla. Hay otras muchas donde ir. Es bueno escuchar las opinicones de quienes ya estuvieron allí. La elegida es la isla de Malengue. Dicen que su laguna de agua salda es preciosa y que está muy cerca del pueblo bajau (habitantes autóctonos de aquella zona) con una pasarela de madera sobre el agua larguísima que une las islas. Pues allí que me planto.

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Llego allí por la noche y ciertamente, a oscuras no me convence el sitio. El trayecto en barquito en plena noche a la luz de la linterna del chaval que llevaba la barca tampoco ha ayudado. Pero allí estoy, y el bungalow tiene hamaca, así que decido esperar a la mañana siguiente para juzgar mejor el lugar. Por el momento, la cena bastante justa e insípida. Estoy mal acostumbrado a los manjares de la cocinera del Pondok Lestari, en Kadidiri.

Ciertamente el amanecer en Malengue  es tremendo. A las 5:30h de la mañana tienes un tremendo sol pegándote en la ventana del bungalow que prescinde de las cortinas como del papel higiénico en el baño. Así que no me queda otra que salir a observar el fenómeno. Tiro un chorro de fotos del amanecer mientras sigo pendiente del perro que se empeña en intentar morder mi cámara de aventura plantada muy profesionalmente sobre un tronco. Acabo por guardarla o veo que acabará siendo el desayuno del dichoso can. Con la luz del sol aun pegada en la retina (toalmente deslumbrado sin ver apenas, vamos) me voy a desayunar un insípido pancake de plátano.

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La laguna del otro lado del establecimiento es realmente impresionante. Su color verde esmeralda por la mañana impresiona. A la izquierda la cocina y la señora que en cuclillas lava los platos del desayuno en apenas un cubilete de agua. Aplico el filtro de no pensar en que esos son nuestros platos para la comida y me voy a dar un baño.

Las aguas tranquilas de la playa también son sensacionales y el pueblo bajau de enfrente me llama a gritos. Lástima que para llegar a él sólo disponga de una pequeña canoa tallada en un tronco de árbol y un remo. Hay una buena distancia e intento sobornar a alguno de los chicos del establecimiento para que me lleven pero no cuela. Para ellos es tan obvio y sencillo que no les cabe en la cabeza que a un blanco le de reparo lanzarse solo al mar. Por la tarde llegan las hermanas terremoto (unas holandesas con las que coincidiré más adelante) que tal cual dejan la mochila en el bungalow, se montan en la canoa y se van remando al poblado. Hay oleaje y viento. A veces me gustaría ser holandés…

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Sigo mi periplo por las Islas Togean marchándome hasta Bolilanga (hacia el este del archipiélago). Dicen que es espectacular. Pero cuando llego allí no me lo parece. Está bien, pero la comida no vale un pimiento. Vuelvo a echar de menos los calabacines al curry  y el pescado fresco a la parrilla de Kadidiri. Si lo sé no me muevo de allí. Nos cuentan que ayer se hundió una barca con turistas. Y es que 8 personas en una canoa de quilla larga sin estabilizadores tiene todo los números para volcar. Y así fue. Pero los indonesios se lo toman todo a risa. Y algunos turistas parece que no piensan. No pasó nada, más que perdieron todo su equipaje y las cámaras, móviles y tuvieron que volver a nado a la orilla. Una anécdota.

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Quince días de soledad e incomunicación acaban por rebosar mi alma de energía positiva y me entran ganas de volver a la civilización. Al segundo día abandono Bolilanga para montarme de nuevo en los ferrys que me llevarán de hasta Gorontalo, en el norte de la Sulawesi. Esta vez no cojo cabina y me aventuro con una butaca en business (bisnis en indonesio) que por el nombre, augura una buena y cómoda travesía. Me meto en guatepeor, porque el barco ha llegado a Kawai desde Ampana, y los indonesios (que me perdonen los ofendidos) limpios en según qué aspectos no lo son. La sala bisnis está hecha una mierda. Tengo que esquivar las cucarachas king size que se están cebando con las montañas de comida y vómito que hay por los suelos. Lo de limpiar la sala, ni en broma me dice el encargado. Que él no limpia. Qué bueno es volver a la civilización… pienso.

Retraso al máximo el momento de meterme en la sala bisnis y me subo a la cubierta del barco a  contemplar el atardecer perfecto, antes de que el sol nos deje a oscuras en medio de la inmensidad del mar y empecemos a disfrutar del suave balanceo de las estrellas sobre nuestras cabezas.

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1 comentario

  1. 25 mayo, 2016 a 7:27 — Responder

    ¡Me ha encantado tu realto! Me dan ganas de irme ahí ahora mismo (sobre todo viendo el tiempo de mierda que hay)
    Sulawesi fue mi asignatura pendiente de Indonesia, pero no daba tiempo a todo.
    Cuando vuelva será mi destino :-)

    Un saludo,

    Flaiva

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