Vine a Chiang Mai (norte de Tailandia) en busca uno de esos monasterios budistas donde hacer unos días de meditación Vipasana. No sabía exactamente cómo era, ni lo que suponía una experiencia de este tipo. Así que tras recorrer algunos de los monasterios que ofrecen estos retiros, entré en el Wat Rampoeng. Puedes leer cómo fue mi experiencia aquí (abre en nueva pestaña). Ahora te cuento cómo se ve el mundo tras 16 días en un monasterio budista y 12 horas de meditación diaria.

El curso completo dura 26 días y finaliza con 3 más de meditación continuada de 24 horas. Es decir, sin dormir. Yo no he podido hacer el curso completo porque uno no siempre se siente fuerte para afrontar según qué retos. Aunque tengo que reconocer que he entrado en un buen momento, con la cabeza serena sin demasiado desequilibrio, y eso me ha ayudado a profundizar más. Sin demasiados dramas emocionales. Pero mis rodillas y los pies dijeron basta en el día número 16. El sobre esfuerzo en las articulaciones me han acabado por impedir concentrarme en los ejercicios para sacarles el provecho adecuado. Mi mente no ha sido lo suficientemente fuerte como para estar por encima del dolor. Algo que por otra parte no me ha causado ningún sentimiento de culpa ni frustración. Algo habré aprendido en estos días.

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Por supuesto, aunque el número de días mínimo es de 10, tú decides cuando terminas. Y yo decidí salir en mi día número 16 y llevarme todo lo que había aprendido y conocido sobre mí, aunque no hubiera terminado el curso completo. No son muchos días, o bueno sí. 16 días en los que te levantas a las 4 de la mañana y te acuestas a las 10 de la noche tras 12 horas de meditación… no son moco de pavo. Sin comunicarte con los demás meditadores, procurando la conciencia plena de cada momento y la observación de todo lo que haces. Acabas por ralentizar tu actividad mental en un estado de relajación y consciencia importante en el que lo primero que desaparece (afortunadamente) es el tiempo.

Acabas embebido en la dinámica del día a día del monasterio. Participas en algunas de las rutinas del monasterio, rodeado de monjes, monjas, meditadores, oraciones y rituales que no siempre entiendes pero que te aportan paz y concentración en ese preciso instante. Nada importa lo de hice hace 10 minutos, de nada sirve pensar en lo harás luego. El objetivo de este tipo de meditación es el entrenamiento de tu mente para tener conciencia plena del momento actual y la observación de tu cuerpo, tus sentimientos, tu mente… De esta manera ir cortando poco a poco la raíz del sufrimiento. Sólo la conciencia en el momento presente es importante.

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Y llega un día en el que decides que es el momento de volver al mundo real. Tu cabeza empieza a acelerarse ya el día antes y tienes que observarte e intentar ponerle freno para no perder el ritmo vital aprendido en los días anteriores. Los viejos hábitos pegan fuerte para volver a salir y seguir controlando tu vida. Es inevitable que alguno se cuele. Llevas toda la vida con ellos.  Es curioso cómo ahora soy consciente de muchos de ellos. Los observo, no los juzgo.

Aunque todo vuelve a moverse rápido, tu cabeza (que no siempre tu cuerpo) sigue en cierta manera en modo lento, relajado y consciente de todo. Salgo del monasterio a la carretera sin saber cómo voy a llegar al centro de Chiang Mai, pero no importa porque aun no estoy esperando en ella, así que me quedo con mis paso hacia la carretera. No sufro por cómo llegar a mi destino. Tampoco tengo alojamiento, pero tampoco me preocupa porque aun no he llegado al centro de la ciudad. Ya en la carretera apenas tengo que esperar 30 segundos para que aparezca un taxi compartido, de esos rojos que recorren toda la ciudad. Así de sencillo. Me deja en una de las calles principales y de allí otro me deja en Taphae Gate, en la ciudad antigua de Chiang Mai.

Ya instalado, salgo a la calle, por no quedarme encerrado aunque amenace lluvia intensa. Pero ahora no llueve. Me quedo con eso. Lo percibo todo muy intenso, pero no agresivo. Y lo es. El tráfico en esta ciudad tailandesa no es que sea tranquilo precisamente. Pero no lo sufro así.  Ya lo he visto todo antes decenas de veces, pero ahora reclama mi atención de una forma diferente. Acabo vagando por algunas calles y perdiéndome entre callejuelas. No me importa si va a llover o si ya es casi hora de buscar dónde cenar algo. Ni llueve ni es hora de cenar. Ni siquiera llegará a llover. Rcuerdo sentirme consciente de ese paseo y cómo mi mente sigue queriendo ser consciente de todo lo que me rodea. Aunque sé que este estado quizá acabe por desaparecer, quisiera conservarlo para siempre.

He decidido no hacer meditación durante algunos días porque quiero recuperarme del esfuerzo hecho por mis rodillas y piernas. Posiblemente sea una excusa para no hacerla. 12 horas diarias durante 16 días han sido muchas horas, pero eso ya pasó y de poco sirve pensar en ello. Estoy observando esa negación a no hacer los ejercicios, pero sin querer buscarle razones o motivos. Debo de encontrar el equilibrio en la práctica y mi vida diaria, pero ya llegará ese momento. No sufro por encontrarlo. Ahora sólo disfruto de este estado de conciencia en muchas de las cosas que hago durante estos días siguientes a la salida del monasterio. Levantarme, desayunar, beber agua, adelantar algún trabajo pendiente, escribir… Todo de uno en uno, sin pensar en mil cosas a la vez.

Quisiera saber cómo se sale tras los 26 días con los 3 últimos de incomunicación total y privación del sueño. Debe ser una experiencia muy dura y traumática que seguro debe fijar a fuego el hábito de la conciencia plena en el quehacer diario. Quizá en una próxima ocasión. Tampoco me preocupa si lo hago o no. Ahora estoy escribiendo.

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10 comentarios

  1. 4 agosto, 2015 a 7:57 — Responder

    Interesante y útil mantener la atención plena. No me importaría aprenderlo en un monasterio tailandés, como has hecho tu… pero de momento, tendré que conformarme con practicar en el día a día.

    Me ha gustado mucho el post. Un saludo

  2. paqui
    4 agosto, 2015 a 8:52 — Responder

    Me da a mi que por ahí va todo, lo de no fustigarse con demasiadas preguntas. Ahora.

  3. 4 agosto, 2015 a 14:41 — Responder

    Uf qué intenso… debe ser complicado y liberador a la vez. En mi vida diaria intento practicar eso del “aquí, ahora” y creo que lo consigo, si acaso, un 1% del tiempo. Estar en el lugar adecuado lo facilitará, pero ¿y ahora, cuando vuelvas a tu día a dia?
    Ya tengo ganas de leer lo que pasó allí con detalle, y lo que sigues practicando ahora.

    Un abrazo desde Barcelona

  4. 4 agosto, 2015 a 17:11 — Responder

    A partir de ahora serás el “pequeño saltamontes” de los blogueros.

  5. 5 agosto, 2015 a 13:40 — Responder

    Vaya intensidad!! Enfrentarse a lo que uno es durante todos esos días… Y 16 días ¡Son muchos días! En la escritura se te nota que has encontrado cierto equilibrio. Un abrazo :-)

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