Día 26

Moscú se me presenta muy silenciosa. Tanto, que hasta me extraña oir apenas  las conversaciones de la gente. ¿En china gritan demasiado, y aquí susurran? Es obvio  que en realidad, con el constipado y el aterrizaje del avión me he quedado más sordo que una tapia.

Por la mañana, dedico unas buenas horas a perderme por las estaciones del metro, que es mi objetivo número uno en la ciudad. No me defrauda en absoluto. Las estaciones no son todas monumentales, pero sin duda todas están pensadas a lo grande, para demostrar el poder soviético de la época.

Al principio saco las fotos escondiéndome de los guardias, porque en teoría está prohibido. Cuando tropiezo con una marea de grupos de japoneses con guía incluídos haciendo la visita turística al metro como quien  va por la Gran Via madrileña, paso de esconderme. Mientras no  fotografíes directamente a los guardias, no tienes ningún problema.

Aparte del metro, no tenía muchas más expectativas de Moscú, y eso es lo que he encontrado. La visita obligada a la plaza roja ha quedado más que deslucida porque en medio han plantado unas enormes gradas como si del sambódromo de Río de Janeiro se tratara para hacer exhibición de desfiles militares y folclóricos. De la plaza no ves un pijo.

Si a eso le sumas que la Catedral de San Basilio (al fondo de la plaza), hay que verla entre montones de turistas y detrás del graderío de la plaza, pues no es lo suyo. Es una lástima, porque es bonita y su visión desde el extremo de la plaza tiene que impresionar.

Para contrarestar el bajón  no poder ver la plaza en todo su esplendor, he decidido entrar a ver la catedral. La entrada no es barata, pero bueno, si vale la pena, vale la pena. Pues no vale la pena oiga.

Está curiosa porque está toda pintada por dentro, pero no sé si es que yo no estoy inspirado para visiteo o qué, pero no me ha entusiasmado en absoluto. Me la imginaba… diferente.

Sigo mi pateada por Moscú sin mucho más a destacar. Encuentro a faltar un cierto desarrollo turístico importante. Incluso en las zonas más frecuentadas por los turistas, no encontré bares, o restaurantes, nada donde posar mis huesos durante un rato para reponer fuerzas. Creo que también el hecho de que todo esté escrito en cirílico no me ha ayudado a localizar estos locales. Definitivamente hoy no estoy muy inspirado…

Por lo demás, Moscú no me aporta nada. Bueno sí, la comprobación y reafirmación, tal y como me habían contado los propios rusos, de que el carácter moscovita es rancio de narices. Se nota, a diferencia de las gentes de Siberia y otras latitudes rusas, su marcado caracter distante y poco amigable. El frío en su trato, su distancia y me atrevería a decir, que hasta un cierto poco aprecio por el extranjero (más explícito que en Pekín, pero no por eso diferente). Moscú en general, tampoco habla una palabra de inglés y ha sido el único sitio de toda mi ruta donde he tenido que hacer el numerito de enfadarme y levantarle la voz a una persona para que me atendiera. Y eso que era la encargada de la oficina de información de la compañía de ferrocarril de la que tenía el billete. Bastante lamentable.

Por la noche, cojo el tren hacia San Petersburgo, última parada de mi ruta. Y si hay una de cal, también hay otra de arena. La compañera del departamento me ha confirmado que ese es el caracter del moscovita de toda la vida y que por eso les va como les va. Katya (se lee Cacha), aunque de Moscú, vive en San Petersburgo y tras contarme cuatro cosas sobre su reciente viaje a Barcelona, me ha dado su teléfono (el número, claro) por si necesitaba algo mientras estaba en San Petersburgo y me ha ofrecido el taxi que la recogería a ella por la mañana para llevarme a mi hotel. Maja maja esta Katya…

 

Día 27, 28, 29 y 30

Llueve a cántaros en San Petersburgo. Suerte de Katya y su taxi, aunque no nos hemos librado de mojarnos. Me lo tomo con la calma y gracias al desayuno de los campeones que me preprara la dueña del hotel, salgo con ganas de ignorar la lluvia y disfrutar de la ciudad.

San Petersburgo es monumental, grande y bastante ordenada. Sus canales, llenos de agua de mar, me traen el olor de mi Mediterráneo y me acercan un poco más a casa. Cuanto he echado de menos el mar y la playa en este viaje…

Me dedico a recorrer algunos puntos de interés (algunos con más bien poco interés) hasta que tropiezo con la joya de la corona.

No era consciente de ello (ni la tenía presente en mi itinerario) hasta que levanto la cabeza y me encuentro semejante pastel, en el mejor sentido de la palabra y con toda la admiración: la iglesia del Salvador sobre la sangre derramada (nobre de culebrón venezolano, por otra parte).

Tras este sencillo nombre, se levanta un monumento artístico de los grandes. Por fuera y por dentro. Sus fachadas me fascinan. Déjate de catedrales o plazas rojas en Moscú. Esta, es realmente grande y no sólo en tamaño.

Por dentro, totalmente tomada por multitud de grupos de españoles (parecía que estaba en la catedral de Burgos y no en Rusia) no hay rincón que no esté cubierta por enormes mosaicos. Impresionante. Todos (bueno los niños más aburridos que otra cosa) con las cervicales hechas polvo, miramos  hacia arriba, para lograr asimilar lo que allí hay.

Me hubiera quedado a escuchar las explicaciones y saber en qué piedra está exactamente el salpicón de sangre de Alejandro II, pero he preferido perderme por los rincones y observar el espectáculo. Sólo por esta iglesia, vale la pena haber recorrido lo que he recorrido hasta aquí.

Entre otras cosas, San Petersburgo tiene una calle central que es la más turística y frecuentada por locales y visitantes: Nevski Prospekt. Nombre que no logro memorizar  y me acuerdo de ella como Manki Paski, Persky Nosky y cosas así. El cansancio del viaje empieza a notarse; tanto país, tantos idiomas y kilómetros me nublan la memoria.

Una amplia avenida de comercios, cafés y restaurantes muy agradable para pasear durante el día y que por las noches se transforma en el circuito de fórmula uno de Mónaco. Los coches y sobre todo las motos de gran cilindrada toman la ciudad y exceden todos los límites permitidos.  Tampoco hay ningún tipo de control policial para evitarlo. Si es normal y así es como se divierten los petroburgueses… pues bueno.

Al igual que Moscú, San Petersburgo es cara, muy cara. Tengo la sensación de haber sacado del cajero automático compresas con alas, en lugar de billetes de 1000 rublos, porque vuelan que dan gusto. Decido no agobiarme por eso y disfrutar de los días que me quedan en la ciudad.

Dedico una mañana entera al Hermitage. Es uno de los mayores museos del mundo y aunque no soy de meterme en museos, no iba a perder esta  oportunidad.

¿Y que qué me ha parecido? A las 4 horas he tenido que salir por patas de allí dentro. Es increíble como a algo tan sensacional como ese museo se le pueda sacar tan poco provecho.

Tengo que decir que lo que es el palacio y sus salones son realmente bonitos. Variedad de colores y estilos decorativos que a ratos cuestan un poco poderlos  disfrutar con semejante gentío y grupos de cruceristas. Pero no dejan de ser espectaculares.

Por otra parte, la decepción más grande me la llevé a la hora de intentar disfrutar las obras de arte y cuadros. Algunos de la talla del hijo pródigo de Rembrant.

Cuadros sin la inclinación adecuada y frente a enormes ventanales.  Los reflejos y las sombras hacen imposible observarlos en condiciones. Es una lástima estar delante de semejantes tesoros, y no ver, literalmente, una mierda.

Aparte de sombras, reflejos y la cantidades ingentes de personas, no hay indicaciones claras en las salas y te pierdes continuamente. Seguir el recorrido del plano es prácticamente surrealista y tienes que ir continuamente preguntando a las señoras (las que se encargan de meterte la bronca cuando tocas o te apoyas en una pared), que dónde estás y hacia dónde tienes que ir.

En definitiva, una visita necesaria, pero que si quieres, puede ser prescindible o para hacerla sin muchas pretensiones de disfrutar del arte expuesto.

Una de las caras que más he disfrutado de San Petersburgo, ha sido su atardecer y vida nocturna. Y no porque haya estado de pingoneo, sino por lo tranquila que es (motos y acelerones aparte) y lo seguro que me he sentido paseándola entre edificios magníficamente iluminados. Ya me gustaría a mí poder salir por Barcelona a las 2 de la mañana con la cámara a hacer fotos por según qué sitios turísticos. A pesar del frío, el espectáculo de luz sumado a una hermosa luna llena, me han proporcionado una bonita despedida y final de ruta transmongoliana.

 

Día 31

Mi avión de vuelta a Barcelona sale a las 5:15 de la mañana, por lo que no he dormido. A las 2 de la mañana un taxi me lleva al aeropuerto (que supuestamente estaba bastante lejos) al que llegamos en 15 minutos. Si lo hubiera sabido, habría apurado más el tiempo o me habría puesto a dormir un rato.

El vuelo aparece retrasado una hora y no se me ocurre otra cosa que ponerme a ver una película de suspense en el ordenador que me pone más nervioso que otra cosa. Cuando me doy cuenta hace ya 45 minutos que han empezado a facturar y la cola es descomunal. He estado sensacional, vamos.

Por suerte, el vuelo sale sin problemas, aunque tarde. Estaba destrozado y con muchísimo sueño, cuando al fin cojo la posición y me duermo… durante 5 minutos. Empiezan entonces, rachas de turbulencias de esas que tanto me gustan y que me hacen perder el norte.

4 horas sin poder pegar ojo, pero al fin en Barcelona y me repito (como siempre) que no volveré a volar jamás. Algo que sé, no seré capaz de cumplir. Me paro a desayunar y veo que el país se ha recuperado de la crisis, porque me han cobrado una fortuna por lo que he tomado.

 

Han sido más de 24.000 km, tres países, 4 cambios horarios y muy pocas horas de sueño en los últimos días. Estoy en casa, pero no soy persona. De todas formas, me siento feliz de todo lo que he vivido en estos últimos 30 días, de la gente que he conocido por el camino, de haber sido capaz de adaptarme a todas y cada una de las situaciones con las que me he encontrado y encima, haberlo pasado en grande. Más que un viaje de grandes lugares,  espectaculares paisajes o monumentos impresionantes (que también), ha sido un gran viaje de experiencias humanas y autoconocimiento.

Hoy para mí, el mundo es un poco más pequeño y puedo decir, que conozco un poco (poco) más a su gente.

Voy tener que empezar a pensar en el siguiente gran viaje…

 

 

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10 comentarios

  1. 9 septiembre, 2012 a 22:03 — Responder

    Te he seguido desde el día uno, y ahora que tu viaje termina me quedo un poquito sola… Me ha encantado todo: el viaje, tu forma de relatarlo, las fotos. Enhorabuena :)

    • 10 septiembre, 2012 a 7:41 — Responder

      Gracias Carmen, hacer al viaje sintiéndome acompañado por tí ha sido un lujo que yo también he disfrutado. Gracias por leerme y me alegro que te haya gustado. Un abrazo!

  2. 9 septiembre, 2012 a 22:24 — Responder

    No sé si me gustan más las estaciones de metro que las iglesias de Moscú… Yo para ser más original voy a leerte al revés( entradas de la última a la primera), al igual que has hecho tú con el Transmongoliano. De momento veo que has hecho unas fotazas!!!!
    Un abrazo amigo y nos vemos en Vitoria!!:-)

    • 10 septiembre, 2012 a 7:43 — Responder

      Fran,

      decididamente a mí me gustan más las estaciones del metro. Hacer el recorrido al contrario de lo habitual ha sido parte de la aventura, y no me arrepiento. Un abrazo y hasta pronto!

  3. inma
    10 septiembre, 2012 a 18:50 — Responder

    al igual que tu la “sangre derramada” me pareció espectacular tanto por dento como por fuera,………. cuando tu salias yo entraba a san petersburgo, preciosa ciudad . un saludo

    • 12 septiembre, 2012 a 8:20 — Responder

      hola Inma, gracias por tu comentario. San Petersburgo es una ciudad muy bonita. A mí me ha gustado mucho y la recomiendo!

  4. 20 septiembre, 2012 a 0:29 — Responder

    Me ha encantado el relato del viaje desde el primer día, tanto por como lo cuentas por lo que cuentas.

    Un saludo.

    • 21 septiembre, 2012 a 7:12 — Responder

      Gracias Alberto, me alegro te haya gustado. Espero poder empezar a publicar más cosas del viaje pronto.

      un saludo!

  5. Irene
    19 octubre, 2012 a 15:10 — Responder

    Qué pena leer que casi todo te ha decepcionado, no sé qué expectativas llevabas tanto en Moscú como en San Petersburgo. La Plaza Roja de noche es, probablemente, el lugar que más me ha impresionado y San Petersburgo es impresionante. Estuve allí 3 meses y nunca terminas de descubrir la ciudad. Es cierto que si no hablas ruso es difícil que te llegue a gustar y te verás en un montón de situaciones de rabia contenida y enfado. Si hablas ruso no problem. Definitivamente “Russia is different”. Saludos.

    • 22 octubre, 2012 a 8:46 — Responder

      Hola Irene,

      ui veo que he transmitido quizá una idea equivocada de mi experiencia en San Petersburgo. La ciudad me encantó y la experiencia fue muy buena. Sólo el Hermitage me decepcionó mucho. Moscú sí que de verdad no me llegó a enganchar. Bueno, sólo estuve un día y es normal. Era lo que tenía previsto y sé que es una ciudad con mucho más por descubrir.

      Gracias por tu comentario! un saludo!

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