La historia de Mama y Saïd en el desierto de Erg Chebbi – Marruecos

 

Mama y Saïd.

Mama y Saïd.

En un viaje organizado, no es habitual salirse del circuito, pero nosotros lo hemos estado haciendo continuamente estos días. Así tropiezas con situaciones inesperadas que son quizá más interesantes que las danzas tribales del pueblo tal o la historia del rey Agapito segundo. En este caso, teníamos previsto visitar un poblado nómada en el desierto del Sáhara  por la zona de Erg Chebbi (que significa Montón de dunas móviles), cerca de la frontera con Argelia. Nuestra parsimonia en un improvisado partido de fútbol entre militares y la visita al duro trabajo manual en las minas de plomo y zinc de Menfis para la fabricación del kohl (un polvo negro que usa como protector solar para los ojos), no nos permitió llegar a tiempo a  nuestra cita. Nuestro guía nos propuso, aprovechar el viaje, para visitar a una vecina suya, Mama.

Haima de Mama en el desierto.

Haima de Mama en el desierto.

Al llegar, Mama no está en la haima y su hijo tampoco.  Está atardeciendo y el sol se va poniendo en el horizonte, por donde distinguimos llegar a una mujer cargada de garrafas de agua que ha ido a llenar al pozo. Nuestro guía se acerca a recogerla con el coche mientras esperamos en una situación un tanto incómoda para nosotros. No sé qué me voy a encontrar ni si en realidad me siento bien estando allí.

Mama vive sola con su hijo Saïd en una sencilla haima en medio del desierto. Junto a ella, una pequeña construcción de adobe le permite resguardarse de las lluvias y tener allí la comida. Un horno medio enterrado le sirve para hacerse su pan, otro horno solar para cuando no tiene combustible y unas cuantas mantas y un colchón forman su día a día.

Horno para cocer pan.

Horno para cocer pan.

No lo hace por gusto, aunque sí vive allí libremente. Antes, vivía tranquilamente con su marido, sus hijos y la familia del marido, como suele ser habitual en la tradición marroquí. Con el tiempo, problemas entre Mama y la madre de su marido, provocan que ella sea expulsada  sin sus hijos, a excepción de Saïd, el más pequeño.

Mama, tendiendo la ropa lavada.

Mama, tendiendo la ropa lavada.

A pesar de que su hermano le ha ofrecido una habitación en el pueblo (a no muchos kilómetros de allí), ella no ha querido separarse de sus otros hijos. Como ella dice, si no puedo estar con ellos, al menos puedo verlos crecer desde lejos. Y es que su haima, está a apenas 600 metros de la otra donde vivía antes. Los vecinos de la zona, recogen comida y cosas para Mama, que nuestro guía aprovecha para hacerle llegar cuando pasa por allí cerca.

La calidez y dinamismo con la que me saluda Mama choca con la timidez y distancia que marcan muchas de las mujeres en Marruecos. No se esconde de su situación, y su actitud es la de quien tiene que seguir adelante por sus hijos pese al traspiés que la vida le ha dado. No veo en ella autocompasión ni pesadumbre, si no una mirada transparente y alta que no se avergüenza. Soy yo quien ha llegado cargado de prejuicios y parámetros lógicos fuera de contexto.

Saïd.

Saïd.

Al poco, llega desde la haima de su padre el pequeño Saïd (que en árabe significa Feliz), tímido por apenas cinco segundos. Pasa el día yendo y viniendo entre haimas.  Mama, nos prepara, como no podía ser de otra manera, un té. Además nos pela un plato de cacahuetes para nosotros y nos permite pasar un rato con ellos, mientras anochece. Saïd respeta nuestro plato de cacahuetes pelados para disfrutar como nadie pelando los suyos propios. Tiene, creo, cuatro años y se le ve feliz. Dice que no quiere ir a la escuela, porque quiere ser pastor, como su padre.

Se divierte al verse fotografiado haciendo pasyasadas ante nuestras cámaras y le enseña a su madre las fotos con satisfacción. A pesar de estar allí nosotros, es un momento entre Mama y su hijo. Nadie más.

No alcanzo a descifrar (tampoco importa demasiado) si Mama es el nombre real de la mujer, o el que ella misma ha adoptado por la forma en que la nombra su hijo con alegría.

Ha dejado de importarme el contexto, ya no veo la dura forma de vida de Mama. Sólo queda una madre y un hijo que han compartido con unos extranjeros, un tanto curiosos, un té y un pequeño plato de cacahuetes.

Saïd no quiere que nos vayamos sin subirse al coche y dar una vuelta a la haima. A Pesar de todo, ni se le pasa por la cabeza marcharse con nosotros y está deseoso de volverse a bajar, porque allí está su madre y su casa. Finalmente reanudamos nuestra ruta, ya casi de noche con una sensación extraña y ambigua.

En la cabeza me quedan un montón de imágenes y emociones que no comprendo (y quizá no tengo porqué hacerlo), y sobre las no saco conclusiones claras y hago el esfuerzo de no juzgar.

 

 

 


¡Gracias por tus comentarios! 

A menudo es verdad que somos nosotros, los occidentales, los que llegamos llenos de prejuicios, y predispuestos a tomar una actitud ya preparada ante lo que nos encontramos.
Y, por fortuna, a menudo nos damos cuenta de que las cosas no son así. Una experiencia para aprender, sin duda.
Un abrazo!!

Tú lo has dicho, Guisante. Gran parte de lo que creemos vivir es reflejo de nuestros pejuicios, miedos e inseguridades. La realidad, muchas veces está bien lejos…

un saludo!

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